Siempre me han llamado la atención los mapas. No sabría explicar el porqué, pero el poder representar el terreno en un papel tiene algo de mágico, o al menos de arcano.
Cuando me explicaron en el colegio cómo funcionaban los mapas, cómo se reduce a dos dimensiones la realidad del terreno; cuando después me explicaron las distorsiones de las distintas proyecciones; cuando aprendí a interpretar todo lo que viene en un mapa, a utilizar la brújula y a orientarme en el terreno con un trozo papel y un chisme que apunta siempre al norte; la deriva magnética y los diferentes nortes que existen: el magnético, el geográfico, el celeste, el del mapa... todo eso que se terminó haciendo una pelota en mi cabeza hasta que lo entendí. Todos esos conocimientos me parecieron superados cuando en nuestros teléfonos se incorporaron los mapas y nos decían nuestra posición (No del todo, porque por el procedimiento analógico se podían conseguir precisiones de apenas centímetros dependiendo de la escala del mapa utilizado, sin embargo, con la suficiente precisión para la mayoría de los usos).
Creí en su día que el adelanto del GPS (trasto que tenía un precio prohibitivo cuando aprendía a utilizar los mapas) no llegaría a cuajar. No han cuajado, pero porque todos llevamos uno en forma de teléfono y todos lo utilizamos, incluso como navegador (no confundir navegador con GPS, el navegador calcula posibles rutas entre la posición actual y el destino determinado, en un mapa y utiliza el GPS para situar la posición desde la que calcular).
Cuando utilizaba mapas, una de las preocupaciones que había era mirar la fecha del trazado. No solo para calcular el acimut y la deriva magnética, sino también para explicar que algunos accidentes, edificios, carreteras, caminos no correspondían con lo trazado en el papel. En el formato electrónico de los mapas se suponía que la actualización es constante los hace una empresa innovadora y enorme. Los mapas en papel los suele hacer algún organismo oficial (con menos medios y recursos).
En principio parece que entre las dos opciones, la de la empresa es más fiable. Los mapas son más completos y más detallados porque la renovación es constante. Pero ¿qué ocurre si la empresa decide no mostrar algo en sus mapas o lo muestra de forma errónea? ¿Qué ocurriría si un negocio se niega a pagar publicidad a alguna de estas empresas y en el plano la sitúan accidentalmente de forma errónea?. En esos buscadores ese negocio desaparecerá.
¿Podemos hacer algo para evitar esa posición de privilegio? ¿Hay forma de evitar que nuestra geografía caiga en manos privadas? La respuesta es sí: hay formas. La más normal es apoderarnos de ella nosotros, y hay un proyecto que así lo hace: Open Street Maps Tiene su versión para móviles. En android existe una app que utiliza esos mapas y se mantiene actualizada.
Cuando conocí OSM sus mapas eran mucho menos detallados que los de la empresa privada, sin embargo, en la actualidad han superado en detalle a los privados. Esos mapas los hacen voluntarios, no son perfectos, pero son libres. No hay detrás de ellos ningún interés económico oculto y por tanto, los encuentro más fiables que los privados. Después de usarlos de forma exclusiva durante un par de años puedo dar fe de que son perfectos para el usuario medio.
Algunos preguntaréis ¿para qué cambiar de mapas si los que tengo me funcionan perfectamente? ¡Ya está el tío dando el coñazo con los temas libres! ¡Si los de google y microsoft son también gratis!... Muy bien, son gratis pero no libres. Si una empresa, que es una estructura destinada a ganar dinero, se ve en la disyuntiva de decidir entre el interés general o ganar dinero ¿cuál escogerá?.
