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Cosas de mayores

Entre vacaciones y vangancia tengo el blog en barbecho. El caso es que este mes pasado apenas he escrito nada, me he mantenido fuera de las redes sociales que suelo utilizar (sí, hay vida más allá de feisbús y tuister), y me he dedicado básicamente a procrastinar todo. Durante el mes de agosto el mantra utilizado ha sido: «ya lo haré el mes que viene». Sólo lo lúdico y festivo y aquello que llenaba mi curiosidad por completo en el momento adecuado, recibían atención.

Todo esto no es más que una forma de poner en modo vacaciones a unas neuronas, por otro lado excesivamente ociosas. Y aunque pueda parecer que la pereza me ha vencido, no tengo más que prometer «renacer de mis cenizas» cual ave fénix para volver a sentirme activo. Quizá un falaz sentimiento, conociéndome.

Y el tema es que hoy inauguramos un mes en el que tengo el mal gusto de hacerme mayor de edad. No mayor de edad de «ya puedes votar» ese tránsito lo puedo entrever en la tupida niebla de los muchos recuerdos. Es mayor de edad de mayor, mayor. De alcanzar la viejoverditud con la plenitud que sólo los años pueden hacer florecer en las fofas carnes de la senectud. De mayor de edad, de señor mayor, pues aunque aún no peino canas por aquello de la genética –mi madre con ochenta y tantos aún conserva su pelo negro azabache con algunas canas sueltas– y porque también, en mi caso, queda poco que peinar.

El caso es que no sé, y debería, saber dónde voy a estas alturas de la vida. El mismo sentimiento que cuando era joven, con la diferencia de que entonces todo era nuevo y excitante, y ahora la repetición lo convierte en tedio. Llegado a este punto pienso en la necesidad de reinventarme, de reciclarme o de buscar otro algo que me motive. Sin embargo, siendo mayor-mayor no es fácil afrontar con artrítica elasticidad tales cambios. Y no es que no crea en mi capacidad de hacerlo. El problema se deriva fundamentalmente de convencer a los demás de que puedo. Algunos, si les hablo del tema, sólo levantan una escéptica ceja y callan por no ofender.

Bueno, he de aclarar que tampoco es mayor, quizá sólo invisible. Este mes se me acaba la prestación económica del paro y estoy en una situación delicada: demasiado viejo para encontrar trabajo, demasiado joven para jubilarme. Si en esas aguas he de navegar, la vida no me ha preparado para ello y las alternativas no son halagüeñas. Estoy en el momento invisible.

No me quejo, cuento con algunos recursos y ahorros que quizá sean suficientes para mantener un nivel de vida, aunque austero, fuera de los términos conocidos como pobreza. Sin embargo, cuento con una familia y pretendía que no les faltara de nada. Cuando opté entre «mi ética y mi bolsillo» y me dieron la opción de no ser más lo que no quería ser, me quedé con la ética. No pienso haber elegido mal, estoy donde quería estar y no me arrepiento de ello, pero no calculé que todo ocurriría en la edad invisible, donde no cuentas para nada entre unos empresarios que no valoran nada la experiencia, acostumbrados a vivir de las subvenciones. Y esas subvenciones se suelen olvidar de los invisibles. Bueno, los empresarios sí valoran la experiencia, pero sólo para no tener que invertir mucho en formarte, quieren que seas productivo desde el primer día, pero que no tengas tanta experiencia que igual hace que quieras cobrar un sueldo adecuado.

Así, me temo, que no queda otra opción de ir trampeando el futuro, aprovechando el día a día y olvidando los grandes planes de mejorar el mundo. En esas reflexiones comienzo el mes en que dejaré de vivir para sobrevivir.


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Publicado

El jueves 2016-09-01 10:00

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Varios

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