Cuando era un joven psicólogo los ordenadores personales eran unos trastos muy alejados de la mayoría de las economías domésticas. Pocas personas se podían permitir el uso de ordenadores y la mayoría de las cosas las hacíamos a mano, con una regla, un lápiz y un folio en blanco o con una máquina de escribir –si consistía la tarea en escribir algún informe o carta–.
Yo había tenido algún breve encuentro con sistemas Unix para grandes Centros de Datos. Y eso se alejaba aún más de los bolsillos de cualquier mortal.
Pero poco a poco los ordenadores personales se fueron imponiendo. Cada vez más pequeñas empresas se compraban un ordenador o dos (las redes tardarían un poco más en llegar); que corrían MS-DOS y que muchos no tenían disco duro.
Todo se almacenaba en disquetes. Recuerdo trabajar en un Instituto de Formación Profesional y verme abandonado a mi suerte como Jefe de Estudios, sin profesor de lenguajes ensambladores y sin medios para contratar uno. Recuerdo mi desesperación intentando hacer que algún otro profesor de informática se hiciera cargo de la asignatura y recuerdo que la empresa tampoco colaboraba mucho. Y lo recuerdo con desesperación porque al final no encontré profesor. Me pasé todo el verano estudiándome esa asignatura para darla el curso siguiente. Y no lo debí hacer mal, porque los alumnos repetidores me comentaron que por fin se enteraban de algo. Adquirí fama de hacker entre los alumnos porque utilizando el comando debug del DOS accedía a la FAT del disquete y era capaz de revertir el borrado accidental de algún fichero.
Por aquel entonces yo ya había retrocedido de la POO de Smalltalk a otras cosas procedurales. No sé si alguien se acordará a estas alturas de Dbase (II, III y III+... con el IV la cagaron y desapareció). Me acuerdo de tener que utilizar esas bases de datos de manera extensiva para mi trabajo. E incluso de automatizar algunas cosas con Dbase y otras hacerlas más formalmente con Clipper. Un lenguaje un tanto «engendro» que compilaba programas procedurales Dbase con el que hice más de un pinito. Con Clipper recuerdo haber hecho un programa de corrección de pruebas sociométricas con tres criterios que entonces hacíamos de forma anual en la empresa para la que trabajaba.
Entonces triunfaba el lenguaje C y me vi en la obligación de aprenderlo y junto con él y ya puestos también comencé con el ensamblador del 8086. Lenguajes ambos de los que guardo buenos recuerdos pero que mantengo olvidados por razones obvias. Recuerdo haber hecho una aplicación de «entrenamiento en lectura rápida» donde se presentaban estímulos cada vez más largos durante menos tiempo para que el usuario los leyera. También textos, más o menos largos, que se cronometraban y luego se hacía preguntas sobre el contenido. El programa, hecho con el Turbo C de Borland, tenía un sistema de menús y opciones que me curré (por el bien de mis alumnos) y presentaba estadísticas de aciertos, fallos y progreso. Controlaba el acceso a las lecciones no dejando avanzar hasta haber conseguido un mínimo en cada lección.
Era el tiempo en que todo lo llevábamos en disquetes. Tenía cajas y cajas de disquetes con programas. Los dos del dbase III, el de lotus 123, el del WordStar o WordPerfect. Otros con herramientas, como editores o el famoso command norton, y los incipientes antivirus. Un tiempo en el que la RAM eran 640Kb y Billy Gates decía que no se necesitaban más, (luego llegó windows y cambió de opinión).
Desde aquella época a la actual ha llovido mucho. La informática ha evolucionado. En aquellos tiempos no pensaba que pudiera tener un ordenador personal en casa para mi uso personal, sin embargo tengo dos. Tengo otro metido en el bolsillo que dicen que también sirve para hablar. Descubrí el software libre allá por el año 99 del siglo pasado y todo cambió. Lo único que sigue igual es que soy un programador de oportunidad. Necesito una herramienta y me la hago, lo que me convierte en un psicólogo atípico.
