La clave de nuestro comportamiento está en la capacidad que tenemos para asumir sus consecuencias. Según este principio nos encontramos con tres formas de comportamiento.
Agresivo. La persona agresiva y asertiva coinciden en saber quienes son y qué es lo que quieren. Ser agresivo consiste en perseguir las metas propias sin pensar en las consecuencias para los demás. Este tipo de personas consiguen lo que quieren, normalmente a expensas del prójimo.
Pasivo. Las personas pasivas fracasan normalmente a la hora de perseguir sus propias metas. Se dejan influir y aceptan, aún en contra de sus deseos más íntimos, las acciones y metas que se les impone desde su entorno.
Asertivo. Este tipo de comportamiento persigue sus propias metas y deseos sin infringir los derechos de los demás.
Esto es algo que ya está instaurado en el imaginario común y ya hay quien utiliza el concepto asertividad en su vida diaria. Pero también he observado que muchas veces esas personas confunden el comportamiento asertivo y el agresivo. Especialmente cuando se refieren a la conducta propia.
Tanto el renunciar a nuestros deseos para «evitar conflictos», como perseguirlos a toda costa son una fuente de problemas en nuestras vidas. Por tanto, conviene recordar cuáles son nuestros derechos asertivos y tratar de comportarnos consecuentemente.
Derechos asertivos
Primero una pequeña enumeración:
- No tienes por qué justificar tu comportamiento.
- Tienes derecho a cambiar de opinión.
- Tienes derecho a decir «no me importa».
- Tienes derecho a discrepar.
- No tienes por qué solucionar los problemas de los demás.
- Tienes derecho a decir «no».
Hay muchos derechos, más de los que enumero aquí, pero me parece que esos son los principales. Dichos así, con una frase, quizá queden un poco ambiguos o necesiten un poco más de aclaración.
No tienes por qué justificar tu comportamiento. Estás sujeto a las leyes del lugar donde te encuentres, dentro de esos límites puedes comportarte como quieras. No tienes que justificar el porqué de tu comportamiento, siempre que estés dispuesto a asumir las consecuencias de lo que hagas.
Tienes derecho a cambiar de opinión. Hay quien siente que cambiar de opinión es una muestra de inmadurez o inestabilidad, pero no es así. Cambiar de opinión es algo natural, si las cosas no se desarrollan como se esperaba, se tiene derecho a cambiar de opinión. Continuamente nos llega información, normalmente solemos filtrar esa información quedándonos con la que apoya nuestras tesis. Pero a veces, nos damos cuenta que la evidencia es suficiente para cambiar nuestros pensamientos.
Tienes derecho a decir «no me importa». Puede parecer insensible, pero tienes derecho a que no te importen algunas personas, hechos o cosas. No estás obligado a preocuparte por todos o por todo. No podemos dejar que nuestra energía se disperse en cosas que no son nuestros propios objetivos e intereses.
Tienes derecho a discrepar. Perdemos mucha energía en discusiones intentando convencer o ser convencidos por las tesis de otros. Tienes el derecho de poder decir «entiendo tu postura, pero no la comparto». Si en una discusión, la otra persona se pone muy pesada sobre imponer sus tesis, recuerda el derecho anterior y dile algo como «... y la verdad es que me importa muy poco». Excepto en discusiones científicas –en las que se suele trabajar con índices de certeza del 90%-99%– las demás posturas sobre las que querrán convencerte son subjetivas.
No tienes por qué solucionar los problemas de los demás. Otro derecho que puede verse como insensible. Pero es cierto. No estás obligado a solucionar todos los problemas de todo el mundo. Puedes elegir a qué personas quieres ayudar y qué problemas puedes solucionar. El altruismo es algo voluntario, lo haces porque quieres y tienes derecho a no querer hacer algo, como veremos en el derecho siguiente.
Tienes derecho a decir «no». No hay ningún motivo moral ni ético por el que estés obligado a decir que sí a algo que no quieres hacer. Efectivamente, cuanto más próxima o cercana sea la relación con quien nos pide eso, más trabajo nos costará decir que no. Pero si realmente no queremos hacerlo, debemos hacérselo saber: «te aprecio mucho» o «eres mi mejor amigo» o «te quiero» o «te agradezco que te hayas acordado de mí para esto» ... «pero no me interesa» o «no haré eso». Debemos estar preparados para repetirlo, algunas personas parecen no asumir el «no» como una respuesta válida e insisten, pero con buena educación y la misma insistencia que ellos se conseguirá que finalmente acepten ese «no».
